Orar con los sentidos
“El mundo le transmite a mis sentidos su maravillosa presencia”
(Benedetti)

Cuando hablamos de contemplación hablamos de entrar en contacto con la presencia de Dios (pincha aquí si quieres saber más de la práctica de la oración contemplativa). Sin embargo, cuando nos iniciamos en la práctica del silencio todavía no tenemos acceso a esta presencia e incluso cuando la hemos reconocido, lo habitual es que al comienzo la experimentemos de forma intermitente y que sólo después de mucho tiempo y ejercicio se vuelva algo frecuente. Por ello, es importante conocer algún método que se pueda utilizar siempre que se acuda al silencio, como el ejercicio de orar con los sentidos.
Los sentidos nos conectan con el presente mediante la atención y la consciencia. Cuando como una manzana y miro su color, noto su textura y su sabor, no sólo estoy disfrutando de la experiencia, sino que voy creando un hábito de vivir en el ahora, que me permitirá estar más concentrado y menos distraído cuando ore. Si además introduzco algún ejercicio de consciencia en el momento de la oración (como observar mi respiración o sentir mi cuerpo) los pensamientos y las emociones se irán relajando y silenciando para que pueda emerger la presencia.

Dice Teresa de Jesús que todos los problemas de la oración consisten en rezar como si Dios no estuviera presente. Y de igual manera, la podemos parafrasear diciendo que todos los problemas de la oración tienen que ver con que nosotros no estamos verdaderamente presentes. Si Dios por definición siempre está presente, cuando no experimentamos su presencia quiere decir que somos nosotros los que no estamos en el ahora, distraídos por nuestro ruido interno. Dios siempre está porque nos habita, pero no lo percibimos porque hay obstáculos que no nos permiten reconocerlo. Es como el sol que siempre brilla, pero a veces hay nubes que nos impiden verlo. Cuando las nubes se disuelven, entonces el sol aparece.
Los sentidos tienen la ventaja de que están siempre disponibles y nos facilitan integrar la práctica con la vida cotidiana. Por ejemplo, en un simple paseo podemos prestar atención a las sensaciones de las plantas de los pies que tocan el suelo, a los sonidos de los pájaros, al roce del viento en la piel… Y lo mismo en el silencio, donde podemos atender a las sensaciones corporales, escuchar los sonidos del entorno, sentir la respiración, prestar atención a los olores. Esta práctica que ya es de por sí beneficiosa, alimenta nuestra capacidad de entrar en la contemplación. Es cierto que la contemplación es un don, como dicen en el zen “la puerta se abre desde el otro lado”, pero nosotros podemos poner las condiciones para que ese don caiga en tierra fértil.
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